El proceso de adquisición de la lectoescritura en la etapa de Educación Infantil no comienza con la letra escrita ni con la lectura de palabras, sino con el desarrollo de habilidades motrices básicas que permiten al niño y niña controlar sus movimientos y comprender el espacio. En este sentido, los trazos vertical y horizontal son fundamentales, ya que constituyen la base sobre la que se construyen todas las grafías del alfabeto.
Antes de poder escribir letras, los niños deben dominar una serie de trazos básicos que les permitan familiarizarse con el control del lápiz, la orientación espacial y la coordinación óculo-manual. Entre estos, el trazo vertical (línea recta de arriba hacia abajo) y el trazo horizontal (línea recta de izquierda a derecha) son los primeros que se enseñan en la etapa infantil.
Estos trazos no solo preparan al niño para reproducir las letras correctamente, sino que también le ayudan a: establecer la direccionalidad de la escritura (de arriba abajo y de izquierda a derecha). Controlar la presión, el ritmo y la continuidad del trazo, comprender la organización del espacio en el papel.
Desde una perspectiva neuropsicológica y psicomotriz, el dominio de los trazos vertical y horizontal refleja un avance en la lateralidad, la orientación espacial y la coordinación visomotora. Estas habilidades se desarrollan progresivamente desde los primeros años de vida y son indicadores del grado de maduración del sistema nervioso central.
El trazo vertical requiere un movimiento descendente controlado, lo que implica una mayor conciencia del eje corporal y del plano vertical. El trazo horizontal exige coordinación lateral, anticipación del movimiento y capacidad de mantener la línea recta en un plano estable.
Ambos trazos ayudan al niño o niña a organizar su cuerpo en el espacio, una competencia básica para la futura escritura lineal y estructurada.
El trazo no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el objetivo principal: la lectoescritura. Aprender a escribir letras correctamente depende en gran medida de haber interiorizado la forma y la dirección de los trazos que las componen.
Además, la lectura también se ve beneficiada por esta práctica temprana: al reconocer formas y direcciones, el niño mejora su capacidad de discriminación visual y percepción espacial, habilidades imprescindibles para la identificación rápida y precisa de letras y palabras.
Para que el aprendizaje de los trazos sea efectivo, es importante utilizar metodologías activas, lúdicas y multisensoriales que respeten el ritmo individual del niño. Algunas estrategias útiles incluyen: juegos de grafomotricidad en pizarras, mesas de luz o bandejas de arena, trazos con el dedo en superficies grandes antes de usar lápiz y papel, canciones y rimas que acompañen el movimiento para favorecer la memoria motora, actividades de modelado, recorte y enhebrado que fortalezcan la motricidad fina.
Los trazos vertical y horizontal no son simples ejercicios gráficos, sino pilares fundamentales en el proceso de adquisición de la lectoescritura. Su práctica sistemática y significativa en la etapa de Educación Infantil no solo favorece la escritura legible y ordenada, sino que potencia el desarrollo neuromotor, la autonomía y la autoestima del niño al enfrentarse con éxito a los primeros desafíos del aprendizaje formal.
Por ello, es esencial que docentes, familias y profesionales de la infancia comprendan la importancia de estos trazos y promuevan su práctica desde un enfoque integral, respetuoso y estimulante.
